Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poder presentarse decentes en la escena del mundo.
Bécquer - Prólogo a Rimas y leyendas

miércoles, 11 de noviembre de 2009

De la felicidad y la muerte

Estoy convencido de que la Felicidad es alcanzable. Al menos un grado medio de Felicidad. Para mi ya no, yo ya soy un caso perdido. El pensar demasiado tiene sus consecuencias.

La Felicidad, entendiendola como una vida con los menos tormentos posibles, solo es alcanzable mediante un acto de Fé, osea de autoengaño, y cierta dosis de rendición.

Cuando uno se conoce a si mismo demasiado bien, el Asco es inevitable. Un acercamiento objetivo al Yo lleva directamente a odiarse a uno mismo o a creerse un dios. Y quien se odia a si mismo acaba odiando a todo y a todos.

La Felicidad requiere, necesariamente, de cierta dosis de Magia. De ver el mundo con ilusión, de aspirar a cosas, de desear algo en un futuro inmediato o a largo plazo. De fe en el Ser Humano. De fe en Dios. O al menos de una fé ególatra en uno mismo. De una filosofía de vida.

Cada mañana, levantarme supone un tormento. Actuar mecánicamente. ¿Para que hacer nada si ya nada tiene sentido? Me gustaría gritar al mundo, llorar hasta inundarlo, destruirlo todo. Lo peor de la muerte es que quienes la sufren son los que quedan vivos. Un mundo sin llanto sólo puede ser un mundo sin vida. Un mundo ideal.

Ni la belleza, ni el Amor, ni ningún sentimiento humano luminoso compensa a la Oscuridad y sus mil horrores. ¿Como se puede aspirar a la Felicidad cuando hay tanto sufrimiento en el mundo?

Y aún así, viviendo en la oscuridad de la existencia, nos agarramos desesperadamente a nosotros mismos. Tememos dejar de existir por que nos creemos algo. La muerte inspira tanto terror por que supone la renuncia a uno mismo. Lo único que nos mantiene vivos es el instinto de supervivencia, un simple instinto, enfrentado a la Nada. Sin ese instinto, solo armados con la Razón, seríamos conscientes del sinsentido de Todo y nos precipitaríamos ansiosos hacia nuestra destrucción.

Desearia con toda la fuerza del mundo que aquella Eva darwiniana se hubiera atragantado con la manzana del conocimiento.

No hay comentarios: